"El progreso de un artista es un continuo autosacrificio, una continua extinción de la personalidad". T. S. Eliot
lunes, 14 de marzo de 2016
jueves, 24 de diciembre de 2015
Pussy Time 3
Follar como un animal, encarnarte en una animal, es una
liberación. Un mono, un león embistiendo, un bisonte. De espaldas, las caderas
abiertas como un continente. El oso y sus zarpas. El oso y los salmones. La
carne rosa, la sangre, la fuerza de los músculos, la sal, los gemidos, los
graznidos. Una media sonrisa y algunas lágrimas. Dos animales luchando. Porque
en el fondo es eso. Siempre el sometimiento. No pronunciar palabras sino
berrear como un cerdo. Masticar el barro y romperte los dientes al morder el
diamante, al morder las pepitas de oro en el lecho del río. Sin palabras, qué
liberación. Follar como Dios, sin excusas, tan animal. Tan arriba, siempre
sometimiento. Brutal tan mudo tanta liberación.
domingo, 4 de octubre de 2015
sábado, 3 de octubre de 2015
A pleno sol
jueves, 1 de octubre de 2015
Ek-stasis
Anoche intenté hacer chirriar las ruedas de mi coche, pero no lo conseguí. No sé si me equivoqué al utilizar el freno de mano, o si pisé demasiado fuerte el acelerador y demasiado suave el embrague. El motor se caló una vez. Empecé a oler a quemado. El motor se caló otra vez, y entonces lo dejé. Arranqué normalmente, aceleré despacio mientras encendía la radio. Sonaba una canción bastante alegre de los Blues Busters. Una canción demasiado alegre. Por el retrovisor de mi viejo Citröen vi alejarse la casa de Mónica. Dejé atrás la calle desierta y flanqueada por árboles altos: álamos o plátanos o tilos. La tarde no podía ir mejor. Mónica no quería volver a verme y yo había sido incapaz, una vez más, de comunicar mi frustración. Esta vez había sido una salida precipitada y deslizante a todo gas. Otras veces solo un portazo malogrado, un puñetazo sobre la mesa acabado en contusión, o un escupitajo rabiosos venido a menos sobre mi propio zapato. De éstas y otras muchas maneras experimentaba últimamente lo inefable. Y esta experiencia, algo burda si se quiere, volvió a visitarme anoche frente a la casa de Mónica, en mi estúpido Citröen. Mónica, desde la puerta de su casa, no pudo dejar escapar una media sonrisa de burla al ver enmudecida mi huida. Apreté los puños sobre el volante. Quise decir algo, pero no pude. Aceleré, como he dicho, lentamente, y conduje durante más de dos horas hasta matarme.
martes, 16 de junio de 2015
Cereza roja y cordero negro sobre fondo verde
Hay una mujer caminando y un hombre que la sigue a pocos pasos de distancia. Una mujer y un hombre que se siguen a pocos pasos de distancia. Ambos caminan juntos, en realidad. En realidad nadie puede caminar junto a nadie. This is the field where I grew up. La erre francesa, ligeramente gutural, se va con el viento y queda solamente el campo. Quedan dos piernas aún jóvenes y claras, el rostro vuelto hacia otro lado, el hombre que la sigue a pocos pasos de distancia, y el campo.
Los viñedos se extienden hasta donde alcanza la vista.
La mujer, aún joven como sus piernas, camina despacio y sin mirar atrás. Despacio pero sin detenerse, rememora espacios y tiempos para los que apenas hay palabras. Viste un vestido breve, mientras él pisa con sandalias de piel la tierra húmeda que se abre entre los viñedos. Entre ambos sobrevuela la imagen de una niña morena en un país rubio, en una región aún más rubia, en una tierra de la que emana vino blanco y seco. Pero la niña es ahora una historia contada en un inglés artificial. La niña es un pasado al que se vuelve en otra lengua, en otro lenguaje. La niña, que es solo un recuerdo, ahora camina despacio y aún es joven, como la vid en la que se ha detenido, en este preciso instante, una mariposa.
Cuando la mariposa despliega su vuelo, el paso de los viñedos se detiene y se abre un oscuro paréntesis de bosque. En el extremo de este paréntesis hay un cerezo. A los pies del cerezo están la mujer y el hombre. El hombre que se yergue sobre sus sandalias de piel y arranca para ella una cereza. Solo una. No demasiado roja. Quizá demasiado verde. La mujer pasea el fruto dentro de la boca, entre las mejillas y los dientes, debajo de la lengua, sin morderlo aún. Entretiene las formas redondas, siente la suavidad de la piel y presiente el sabor ácido que esconde dentro.
Cuando se cierra el paréntesis y los viñedos reaparecen, la mujer del vestido breve ha mordido ya la cereza. Se ha manchado los labios de tinte oscuro, y las cejas, en algún momento, se le arquearon suavemente por el sabor verde del fruto. Quizá demasiado verde. Nunca demasiado rojo. De entre las vides verdes el hombre y la mujer ven una valla metálica muy fina, y detrás de ella tres corderos negros. La mujer se acerca a los tres animales mientras el hombre la observa.
El hombre odia a la cereza, y odiará al cordero.
El vestido breve se levanta apenas para pasar entre los arbustos y tocar la valla. El aire huele un poco a vino, a vino seco y blanco. Delante del hombre, por primera vez en mucho tiempo, aparecen las cosas. La hierba, el camino, la valla, los árboles, el vestido. Desde que comenzaron a caminar todo ha sido ausencia, para el hombre. Su tierra lejana, el inglés gutural de la mujer, the field where she grew up.
El hombre piensa que jamás será como esos campos, pero, al menos, ahora todo está presente.
La mano de la mujer cruza la valla y se apoya en la cabeza mansa del cordero, que mastica brotes verdes. Quizá demasiado verdes. Nunca demasiado rojos. El hombre observa la mano de la mujer que acaricia la lana negra del animal negro. El hombre siente la presencia de la mujer y del animal, y ve cómo la mano se funde con la cabeza. Ve cómo la mujer introduce de alguna manera su mano en la cabeza del cordero. Ve cómo la cereza se deshace en la boca de la mujer y cómo la lana negra la envuelve toda. Ve acercarse la ausencia de la mujer mientras la lana se extiende por su brazo, por su pecho, por su cuello. Ella no sufre porque la lana negra es vida. Y el hombre, que sentía por fin la presencia de las cosas, ve ausentarse a la mujer envuelta en lana negra, en carne roja de cereza, en la miel blanca y seca de la vid.
Hay un hombre caminando y detrás de él no hay nadie. Los viñedos se extienden hasta donde alcanza la vista. Y más allá de donde alcanza la vista se abre un oscuro paréntesis de bosque, y en el extremo de este paréntesis hay un gran cerezo que se inclina sobre el camino, y en el camino, en la tierra húmeda del camino, hay cerezas rojas y maduras. Cerezas oscuras que ruedan sin detenerse a lo largo y a lo ancho del camino. Quizá demasiado maduras. Siempre demasiado rojas.
miércoles, 15 de abril de 2015
domingo, 29 de marzo de 2015
La novela más corta de la historia
"Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión".
Zama (1956), Antonio di Benedetto
sábado, 28 de marzo de 2015
Intento de manifiesto del Negativo #1
Para empezar, el arte del Negativo no puede acabar en -ismo.
Yo sabía perfectamente que para él nada de esto tenía sentido. Él sabía que yo lo había entendido perfectamente.
Me dijo: aquí hace falta un movimiento, un nuevo grupo, aún más nuevo, otra corriente. Tenemos que unirnos. ¿Cómo que unirnos? Sí, tú y yo. Tenemos que unirnos y formar un movimiento. He pensado en los Escritores del Negativo, o mejor, en la Poética del Negativo. ¿Cómo del negativo? No tiene sentido, será de la negación, o de la negatividad... o, en todo caso, de lo negativo. No, no, del negativo, como la película de las cámaras convencionales. No lo entiendo, no tiene sentido. Claro que tiene sentido, claro que lo entiendes, ¿verdad que sí? No, contesté.
Yo sabía perfectamente que para él nada de esto tenía sentido. Él sabía que yo lo había entendido perfectamente.
jueves, 26 de marzo de 2015
Pussy Time 2
Estoy pensando en ese caramelito de leche merengada que evoca al mismo tiempo a tu abuela y a esa quinceañera con mallas que vive en el piso de abajo. Aliento de leche merengada, o de café, o de vino picado pero qué más da. Vino es y en vino te convertirás, así que bebe. No quiero leche, mamá, no me gusta la leche. Tampoco el merengue. Sólo quiero masticar azúcar, caña de azúcar, masticar la caña áspera y hueca y seca como un insecto dulzón. Una caña sin azúcar pero con alcohol, por favor. Una caña doble y cortada, con un poco de leche. En la 2 hablaron de un macho y de su lechaza humeante que cubre la prole de su desovadora demersal. No quiero cortarme, mamá, no me gusta cortarme. Cuando sea mayor quiero leche sola con mallas. Cuando sea aún más pequeño quiero beber el vino en que nos convertiremos. Esa quinceañera que vive en el piso de abajo, que seguro será pelágica para que pueda dispersarme en su columna de agua, ese pensando humeante, ese estoy de caramelito de leche de merengada.
| The Comparison (1992), Jan Saudek |
viernes, 20 de marzo de 2015
Diálogo con la escupidora de libros
Feria del Libro:
-¿Tiene algo de Kafka?
-No.
-¿Y de mascotas?
-Tampoco, lo siento.
Eso lo dicen porque ahora han aprendido. La primera vez dijeron que sí y la vieja manoseó los libros y les escupió. Todos tenían algo de Kafka. Y el que no, tenía algo de mascotas.
-¿Tiene algo de Kafka?
-No.
-¿Y de mascotas?
-Tampoco, lo siento.
Eso lo dicen porque ahora han aprendido. La primera vez dijeron que sí y la vieja manoseó los libros y les escupió. Todos tenían algo de Kafka. Y el que no, tenía algo de mascotas.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Manifiesto posible, probable, precario, temporal y provisional de la postmodernidad, o de cómo aprender a vivir en subjuntivo
No estoy seguro (aunque, por otra parte, nunca estoy seguro de nada), pero creo que es algo generacional. Mi padre todavía habla de que La cultura limita nuestra creatividad, de que El sistema nos obliga a seguir un camino predeterminado, de que La autoridad nos infunde miedos injustificados, de que Los medios de comunicación nos engañan, de que El poder nos explota, de que Los bancos se aprovechan de los más débiles, de que La educación constriñe al estudiante, de que La pedagogía castra las posibilidades del niño, de que Ellos nos quitan la alegría. Mi madre se queja de que El estado nos reprime, de que La publicidad moldea nuestros hábitos, y mi abuela, por su parte, aún dice que La televisión lo anuncia o que Los médicos lo recomiendan, que en Las noticias han dicho tal cosa o que en El periódico dicen tal otra. Ellos, de alguna manera, no sienten la humedad densa y el olor penetrante de un todo fangoso que se expande desde dentro como una enfermedad terminal que no duele, que no avisa. No sienten la tirantez agria de la cicatriz que nos une y que trata de desgarrarse en vano antes de que el barco se hunda. No estoy seguro (aunque, por otra parte, nunca estoy seguro de nada), pero creo que es algo generacional. Mi padre, como quizá también mi madre y mi abuela, como Steiner, dirá: nos venden ruido, mientras que yo, seguramente (aunque, por otra parte, nunca estoy seguro de nada), diré: compramos ruido.
martes, 3 de junio de 2014
en blanco
No sucede siempre. Hay veces que lo ves venir y viene. Otras no.
Cuando viene volando como un pájaro invisible necesita de tu cuerpo, de tu fuerza bruta de persona enferma como todo ser viviente (¿viviente?). Lo agarras fuerte y quieres darle vida. Quieres dársela, de verdad, pero sólo lo arañas y lo sueltas. Eres amable porque no hay brusquedad en tus acciones. Nada sucede de improviso, cuando lo ves venir. Ves que viene, lo recibes a sabiendas de que no lo dejarás quedarse, te despides y el pájaro vuela. Te repites siempre que ojalá vuelva (¿y si no vuelve?), y te masturbas mente sexo blanca hoja. Que no vuelva, piensas, valiente. Y te masturbas mente sexo blanca hoja.
lunes, 2 de junio de 2014
Paquito el Bravo
Paquito ha salido a la calle. Paquito se siente un héroe. Paquito escucha música en sus grandes auriculares conectados a su diminuto reproductor de música. A Paquito la música le motiva. Hay días, como ese día, en que la música muy alta hace que Paquito se sienta un héroe. Paquito se siente capaz de correr más rápido que nadie. Paquito se siente capaz de conquistar a cualquier mujer. Paquito se siente sexy, escuchando su música. Paquito se siente capaz de vencer a cualquiera en una pelea. Paquito está bravo. El sol, la música, sexy. Paquito se siente capaz de bajar un gato de cualquier árbol. La forma de caminar, la música, bravo. Paquito se siente capaz de salvar a un niño de debajo de cualquier menhir. Paquito, la música, héroe. Paquito se siente capaz de sacar a una vieja de cualquier edificio en llamas. A Paquito la música le motiva. El sol y la música le dan fuerzas a Paquito, que se siente inmortal. Paquito mira a la gente por encima del hombro, detrás de las gafas de sol, sexy, bravo, con detenimiento. Paquito se siente admirado, escuchando su música. Paquito se siente capaz de cantar y bailar como el que más. Paquito es un toro a ritmo de funk. Paquito se siente flotar por la acera, mirando a los ojos de la gente. Paquito siente que la gente, hoy, lo admira. Hay días, como ese día, en que la música muy alta hace que Paquito se sienta un héroe. Paquito, un héroe, un cruce, un camión.
sábado, 31 de mayo de 2014
Pussy Time 1
Hay una niña que se la chupa a Paul Auster. Al detective. Se llama Carlota. Lleva el pelo tintado de rojo, un rojo oscuro casi negro. A veces va en coche, en un coche que es siempre de otro. Otras veces, cuando se piensa poeta y sueña que acaricia el cielo, monta en bicicleta. Flota por la ciudad apartando con el pelo al viento las nubes negras de dióxido de carbono. El color de sus ojos no importa, tampoco su relación con Paul Auster.
Anoche pude verla a través del hueco de la cerradura (intenten mirar por el hueco de una cerradura). No vi bien qué estaba haciendo, la vi moverse, viva. Recogió un pantalón del suelo, unas bragas, escondió unos zapatos de tela de colores debajo de la cama. Luego vi que se sentó, en la cama, y leyó en voz alta un poema de César Vallejo, pero esto me lo inventé, claro. Quizá imploraba al cielo una bicicleta nueva, o repetía para sí misma una frase que había oído en la calle y que se había propuesto recordar. Me gustó esta idea, la de escuchar una frase y no escribirla y caminar y seguir caminando y llegar a un sitio que puede ser tu casa y seguir repitiéndote la frase para no olvidar. Quizá Carlota no quisiera olvidar esa frase, aunque quién sabe (intenten mirar por el hueco de una cerradura).
Ahora, con el paso de los siglos, creo que esa frase era un poco ella. Un poco olvido. Un poco estar en el aire y en la luz, para volver a Peter Stillman o a cualquier otro.
Carlota viaja mucho. Es curioso que nunca lleva un mapa, y siempre una especie de bufanda de color rojo, un rojo oscuro casi negro. Casi nunca saca las manos de los bolsillos y me resulta inquietante que alguien con unas manos tan bonitas no las saque nunca de los bolsillos, convirtiendo unas manos bonitas en dos bultos amorfos del color que sea. Del color de un abrigo que igual es verde o amarillo o negro claro, aunque la bufanda siempre sea la misma.
La cerradura de Carlota es fría, cuando uno mira a través de ella. Esforzándome, vi dos pies delgados, de dedos cortos y uñas muy bien pintadas (esforzándome). Los vi frotarse mutuamente, como dos gatos, como dos peces en el agua, como dos cucharadas de mermelada. La planta de un pie acariciaba unos dedos que acariciaban la planta de un pie. El color de las uñas no importa, tampoco su relación con Paul Auster. Importa (a mí me importa) su mano dentro del pantalón vaquero. Importa el botón abierto, el elástico de la ropa interior muy tenso y los dedos tensos de la mano tensa también tensos. A mí me importa el abrazo de los pies que vi a través de la cerradura. Sólo dos pies desnudos, lo demás era camiseta y vaqueros sin botón. La mano tensa dentro del pantalón vaquero. El bulto amorfo de una mano bonita moviéndose tensa (a mí me importa).
La niña Carlota con lágrimas en los ojos cerrando los ojos abriendo los ojos y la mirada al techo. En la cama Carlota y en la cama un libro. Debajo de la cama unos zapatos de tela de colores. Pude ver cómo Carlota entraba en el aire y en la luz, con la tela blanca de las bragas tensa contra el metal de la cremallera. Se van a rasgar las bragas, pensé, esforzándome. Los pies siguieron bailando ese tango extraño de abrazo y soliloquio. No eran lágrimas el sudor. No era un poema de César Vallejo.
En frente de Carlota había un espejo, pero ella sólo miraba al techo. El espejo miraba la cama. Yo miraba a través del hueco de la cerradura lo que el espejo veía, o lo que el techo veía en el espejo. Anoche Carlota se metió la mano por dentro de los pantalones. Yo la vi (esforzándome). La otra mano agarraba con fuerza casi rabia el libro sobre la cama. La bufanda, la misma de siempre, dormía en el suelo como una serpiente de color rojo, un rojo oscuro casi negro. Las manos bonitas de Carlota sudaban lágrimas, que yo las vi. Carlota sudaba lágrimas, que yo la vi. Por qué las bragas tenían que ser blancas, por qué la cerradura de Carlota es tan fría (intenten mirar por el hueco de una cerradura).
En un momento dado (fueron muchos los momentos a lo largo de ese momento), los dos pies de Carlota se estremecieron en una abrazo confuso, apretado. Carlota abrió entonces los ojos y soltó con fuerza casi rabia el libro sobre la cama. Las uñas permanecieron pintadas y la mano dejó de arañarse con la cremallera. Esto pude verlo a través de la cerradura, esforzándome, aunque el color de sus ojos no importa, el título del libro no importa. Su relación con Paul Auster tampoco.
jueves, 22 de mayo de 2014
Al final siempre se mueren los otros
Ser imberbe me hace ser más yo que los demás. ¿Soy menos postmoderno? Los demás hombres se despiertan un día, se tocan la cara y son otros. ¿Las mujeres son más yo que los demás, o soy yo más mujer? ¿Acaso son más yo los otros, cuando se afeitan? Sólo sé que no soy nadie. Quién sabe. Puede que dentro de unos años me acabe creciendo la barba, y cuando llegue el día, como los demás, moriré otro.
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| Mother and Baby (1953), Elliott Erwitt |
sábado, 10 de mayo de 2014
De pelos, rencor y aburrimiento
Nos hacemos viejos.
No hay peor vejez que la de los veinte años. Las canas nacen hacia dentro, reptan entre la piel y los músculos, a veces salen a la superficie como delfines que saltan por última vez, luego se clavan. Como la impotencia de quien confía su vejez al tiempo. Esas canas se enredan en los pulmones y el corazón. Algunos lloran con sus caricias, con su abrazo delgado. Otros agachan la cabeza y ya no la levantan más. No more. Aprenden a vivir con esas fibras que tienen un poco de rencor y un poco de aburrimiento. Aprenden a vivir con ellas anudadas en cada nervio. Te miran de reojo, los que viven así. Miran sospechando que cualquier día esas canas saldrán a la luz. Que todos sabremos lo viejos que son. Lo viejos que se están haciendo. Todos veremos esos pelos blancos confundidos contra un fondo que también es blanco. Y serán y seremos viejos. Y nos haremos un poco más viejos. De los peores. Con veinte años.
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